El Nacional - Jueves 15 de Diciembre de 2005 B/10
Cultura y Espectáculos
No todo lo que reluce es oro verdadero
Durante 3 horas, Dream Theater bombardeó los cimientos de El Poliedro con su popular metal progresivo, ante cientos de entregados e insaciables fanáticos. No obstante, el incontrolable virtuosismo de sus miembros y el exceso de clichés musicales desnudaron su publicitada originalidad
Juan Carlos Ballesta
Desde que se anunció la visita de Dream Theater a Caracas, la comunidad local de fanáticos entró en completa ebullición. La cuenta regresiva fue llevada con minuciosidad, como quien espera la llegada del Mesías. El pasado martes, día del esperado concierto, la legión más enfebrecida decidió apostarse desde muy temprano en El Poliedro para conseguir un autógrafo de sus héroes o alguna furtiva fotografía.
La banda, sin embargo, había dejado claro que no habría encuentro con la prensa (ya agotados vía telefónica) y mucho menos con el público. En el fondo, la verdadera razón de esos madrugadores era ubicarse lo más cerca posible de la tarima.
Inexplicablemente, se organizó una sola cola para el acceso general. Ésta resultó interminable, agotadora y frustrante, sobre todo para aquellos que entraron cuando el show ya había empezado.
La inexistencia de representación nacional no pareció importarle a nadie. A las 8:40 pm salieron John Petrucci, Mike Portnoy, John Myung, Jordan Ruddess y James LaBrie para ofrecer un primer set de 1 hora y 15 minutos por el que desfilaron, entre otras, “The Root of all Evil”, “Panic Attack”, ambas del nuevo disco Octavarium ; “Caught in a web”, del disco Awake (una de las pocas veces en que LaBrie se dirigió al público) ; “Strange Deja Vu”, “Fatal Tragedy” y “Peruvian Skies”, en la cual introdujeron acordes de “Wish You Were Here” de Pink Floyd y “Whatever I May Roam” de Metallica.
Desde el comienzo quedó claro que la fiel legión de seguidores que poseen en Caracas había asistido en masa, mentalizados para aplaudir, mover la cabeza y hacer la típica señal metalera de la mano con los tres dedos, con lo que en el legendario lugar quedaba poco espacio para la objetividad y la razón.
A las 10:15 pm, los integrantes de Dream Theater aparecieron de nuevo para dispararse con 1 hora y 45 minutos más de música, incluido un largo encore. Con la gente aún más compenetrada que en la primera parte, el grupo dejó sonar “As I Am”, “I Walk Beside You”, “Sacrificed Sons” y la suite “Octavarium”, cuyo comienzo no se sabe si es un homenaje o un plagio de “Shine On Your Crazy Diamond” de Pink Floyd. En las baladas y pasajes lentos algunos asistentes abrazados se mecían hacia los lados en plan “We are the world”, con brazos al cielo y los respectivos celulares encendidos.
Más allá de las pasiones que desata en algunos, el verdadero aporte de Dream Theater al rock es, por lo menos, discutible. Para sus fanáticos, sobre todo los más jóvenes, es una banda original y única, pero lo cierto es que las referencias son demasiado evidentes y reiteradas: Judas Priest, Iron Maiden, Scorpions, Rush, Saxon, Yes en su etapa con Trevor Ravin (es decir, la peor), Pink Floyd y Metallica.
No cabe duda del virtuosismo que atesoran, pero esa característica no necesariamente está imbricada con sensibilidad u originalidad. Portnoy es un baterista técnicamente excepcional, pero resultan excesivos sus continuos platillazos, redobles y piruetas, tanto que provoca pedir que descanse. Petrucci, el más aplaudido, también peca por exceso y frenetismo en la ejecución de la guitarra.
La labor de Myung, quizás la menos valorada, resulta ser indispensable, aunque su bajo necesitó más volumen y mayor cuerpo. El único músico que aporta melodía y arreglos fuera de los parámetros metaleros es el tecladista Jordan Rudess, pero su rol durante muchos pasajes es meramente anecdótico. De todos, el que sale peor parado es LaBrie. Su agudo timbre de voz, al cabo de un rato, resulta particularmente irritante en sus intentos de acercarse a Geddy Lee (Rush) e incluso al recordado vibrato de David Byron (Uriah Heep). Para su desgracia, el grupo sonaba mejor cada vez que su voz desaparecía, aunque tampoco hubiera resultado muy sano 3 horas de delirio instrumental.
Para estos neoyorquinos el valioso y sabio axioma de “menos es más” no existe.
La propuesta de Dream Theater, previsible y recargada, es una licuadora de ideas previamente inventadas y explotadas por otros, con poco espacio para la innovación y mucho para los tecnicismos.
El martes, mientras muchos hacían su sueño realidad sin percatarse bien de la inmensa y variada riqueza musical que nos ofrece el planeta, otro grupo se aburría sin remedio. Es que no todo lo que reluce es oro.